México ganó uno de esos partidos destinados a permanecer en la memoria de los aficionados. En la final del Preolímpico de Concacaf, la selección Sub-20 derrotó 2-0 a Estados Unidos para ratificar su hegemonía en la región. Si las finales condensan varias batallas dentro de 90 minutos, el equipo mexicano las ganó todas. Fue una lección dictada sobre las reglas no escri-tas del juego: primero se sufre, después se juega. Cada disputa fue un juramento de carácter, un motivo para desatar el Cielito lindo y la ola en un estadio Azteca que recibió a más de 50 mil espectadores.
Los goles de Cristobal Alfaro (24 y 60) –dos certeros remates de cabeza en el área estadunidense– hicieron justicia en un escenario voraz, donde los himnos nacionales resonaron como una advertencia mutua (el de Estados Unidos recibió silbidos de los locales). El Tricolor, ya clasificado para la Copa que organizan conjuntamente Azerbaiyán y Uzbekistán en 2027 y con el boleto en mano a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028, se adueñó de la noche para alzar su título 15 del torneo bajo sonoros abucheos hacia el comisionado de la Federación Mexicana de Futbol, Mikel Arriola, quien encabezó la entrega de premios.
Este equipo tiene por costumbre someter a su afición al nerviosismo para luego ofrecerle la máxima recompensa: un grito de gol en el instante de mayor exigencia. De las últimas cuatro finales de la categoría frente al rival acérrimo, México salió victorioso en tres (2013, 2024 y 2026), pero este triunfo era un ajuste de cuentas contra el pasado, una revancha generacional ante la sombra del proceso anterior que dejó a la Sub-20 al margen del Mundial y de la cita olímpica de París 2024. Los viejos fantasmas de la falta de gol quedaron enterrados; el equipo respondió en la semifinal ante Canadá y volvió hacerlo en el Coloso de Santa Úrsula.
Las finales suelen reclamar figuras fuera del guion, pero la de ayer perteneció al colectivo. Hubo en estos jóvenes una madurez distinta: se abrazaron en la adversidad y procesaron los errores con entereza. Santiago Sandoval y Hugo Camberos entendieron que para vencer la muralla rival había que renunciar al adorno personal y entregarse al desgaste. En un tiro libre ejecutado por Camberos, Alfaro atacó el segundo poste para rematar de cabeza, superando la estirada del arquero Kayne Rizvanovich y el intento desesperado del defensa Colin Guske por despejar sobre la línea.
En Estados Unidos, el futbol no ha brotado de una tradición centenaria, sino del impulso de competir contra México. Sus estructuras buscaron construir una identidad como antídoto al talento, la presión y el sacrificio del jugador mexicano. Desde aquel día de 2002 en Corea del Sur, cuando el cuadro de las barras y las estrellas eliminó al Tricolor de una Copa del Mundo y dio vida al mantra del “Dos a cero”, la rivalidad cambió para siempre. Sin embargo, la selección Sub-20 se encargó de reordenar la historia.
La sentencia definitiva llegó tras un tiro de esquina. Alfaro aprovechó un balón suelto provocado por una salida errática de Rizvanovich y, entre una maraña de piernas, firmó el 2-0 definitivo ante un rival entregado y mermado por la expulsión de su capitán, el zaguero Chris Applewhite.
“Conseguimos lo más anhelado: el título del torneo y los boletos a los Olímpicos y el Mundial. Ahora, los jugadores tienen que regresar a sus equipos, tratar de tener minutos. Hay que dar paso a la mesura con ellos”, señaló al término del encuentro el seleccionador Alex Diego, bañado en Gatorade por sus jugadores: “Estos futbolistas han vivido situaciones incómodas, como quedarse en la banca o no ser considerados. No es una carrera de velocidad, sino de aguante y hay que soportar”.
En la ceremonia de premiación, el arquero Cristo Navarrete recibió el galardón al mejor de su posición en el torneo, mientras Camberos, máximo goleador con cinco anotaciones, ganó los reconocimientos al principal romperredes y mejor jugador de la competencia. El comisionado de la FMF, Mikel Arriola, encabezó el acto bajo una serie de muestras de desaprobación de los aficionados en el estadio.
Horas antes del silbatazo inicial, los fragmentos del reciente paisaje mundialista volvieron a desplegarse en el transporte público de la capital. Las estaciones del Metro se tiñeron de verde, mientras camiones y vagones del Tren Ligero recibieron a antiguos voluntarios de la FIFA que aún lucen la indumentaria lila que ordenaba los alrededores del Azteca. “¿Y si sí?”, se animaron varios grupos de jóvenes en el trayecto por la Calzada de Tlalpan, entre familias y niños contagiados por el clásico contra Estados Unidos, a casi dos meses de la inauguración del Mundial.
“Quiere volar, quiere volar”, entonaron decenas de personas en la explanada principal, formadas en círculo y con un niño al centro, a punto de alzarlo por los aires al modo de las grandes celebraciones en el Ángel de la Independencia. La escena, atesorada en la memoria colectiva del aficionado mexicano, hizo germinar de inmediato un enjambre de teléfonos, cámaras y curiosos que se sumaron al rito. Para ellos se trató, sencillamente, de revivir la fiesta por el futbol.
En la espalda de las camisetas sobresalieron los nombres de Raúl Jiménez, Julián Quiñones, Álvaro Fidalgo y Guillermo Ochoa, insignias de la selección mayor, ajenas a la realidad del combinado Sub-20 que selló su boleto al Mundial de la categoría y a Los Ángeles 2028. Los seguidores del Guadalajara destacaron el momento de Hugo Camberos y Santiago Sandoval, dos de los pilares en el esquema de Alex Diego; al resto les costó todavía recitar de memoria más de cinco titulares. Pero el detalle careció de importancia.
“La selección no distingue categorías”, sentenció una mujer con el rostro pintado con el tricolor nacional, junto a su nieto. El peso del rival bastó para encender el entusiasmo. “Los gringos van a probar el chile nacional”, corearon cerca de los torniquetes para reafirmar la mística de una rivalidad regional. “¡México, México!”. Las mismas notas que acompañaron al equipo mayor hace dos meses compusieron ayer la banda sonora de un nuevo duelo por el título entre vecinos.
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